HISTORIAS DE ALMAS. S.WÔLF

Historias de almas

S. WÔLF

NOVELAS Y RELATOS de S.WOLF

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En el comienzo Todo era la Nada……

Luego una infinitesimal chispa inicial con conciencia DE SÍ MISMA………

Tras ello la enorme explosión que generó primero el caos, después la luz, tras ella la paz, la conciencia de unidad y eternidad sin fin…la promesa del Nirvana.

Y de la NADA…se creó el TODO….la Energía…las Vibraciones.

Infinitos fragmentos de la Chispa Inicial volaron a todos los confines del Enorme Universo creado por el tremendo estallido y conformaron los Espíritus…limpios, perfectos y eternos.

Pero de la Luz también surgió la oscuridad, en un eterno baile de equilibrios de opuestos.

De las altas vibraciones, se desgranaron y emergieron las energías negativas. Ambas se sentían poderosamente atraídas por los Espíritus perfectos, y se agruparon en capas a su alrededor creando las almas. Estas, anidaron a lo largo y ancho de todo el Universo en las ondas condensadas en forma de materia, a veces inerte, otras muchas viva. En su camino, habitaron en infinitos mundos a través del vasto Universo, absorbiendo más capas de energías, en ocasiones limpias, otras no tanto, más siempre dependientes de lo que generaban y atraían como seres encarnados. Pero en su interior, el espíritu atrapado, siente siempre el anhelo y ambición de regresar a la fuente inicial, volver a unirse a la energía original y alcanzar por fin la Paz, Felicidad Eterna y Nirvana….

Algunas lo fueron consiguiendo…otras muchas quedaron enredadas en la Ley inacabable del Eterno Retorno de limpieza, y viven infinitas veces, un sinfín de vidas con la esperanza de encontrar su camino y fundirse de nuevo con la chispa creadora.

Estos son los relatos de algunas de estas almas viajeras del Tiempo y el Espacio, a través de muchos mundos, a través de muchas vidas en su incansble camino de búsqueda de regreso a LA LUZ. 

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EL BOSQUE ANIMADO

En lo profundo del bosque, el amanecer aún no había asomado por entre las copas de los árboles milenarios . Unos sigilosos pasos se acercaban lentos y cautelosos al arroyo sin nombre que serpenteaba entre los robles y las hayas. De pronto, se detuvieron, transcurrieron largos minutos hasta que el viejo bisonte, Hadar, continuó su camino. Se dirigía hacia un pequeño remanso de las aguas sin nombre, aguas sin voz. En cierto momento, elevó su enorme cabeza, apuntó la negra trufa hacia el cielo y aspiro con fuerza el aire oliendo en el frescor primaveral, primero hacia su derecha, luego hacia su izquierda. Satisfecho con el resultado se relajó un tanto, bajo la testuz lentamente y bebió con gusto y parsimonia de las prístinas aguas que llegaban de las lejanas montañas, muy allá desde el Norte. Mas de 20 años llevaba sobre sus enormes espaldas, y no era precisamente por no ser cauteloso. Su hogar, el bosque que lo protegía y alimentaba, también podía ser un lugar peligroso. Miles de almas encarnadas en cientos de especies convivían en un maravilloso y delicado equilibrio. De sus relaciones, unas veces afables y otras no tanto, dependían tanto la supervivencia del mismo bosque como la de todos sus habitantes. En la espesura, acechaban muchos tipos de sorpresas, aunque de ellas la más peligrosa, era sin duda alguna, aquel Ser que caminaba erguido. Cientos de familiares y antecesores de Hadar habían perecido por causa de sus armas y trampas, pero lo más triste, era que sin motivo ninguno. El Ser, como lo llamaban los habitantes del Bosque, no mataba para sobrevivir, no mataba en defensa propia, simplemente mataba por placer. No existía ningún otro cazador que hiciera nada parecido. Levantó de nuevo su poderosa cabeza y la sacudió con desdén alejando esos pensamientos de su mente, y entonces lo vio. Al otro lado del Rio, el lobo le estaba observando. Sus miradas se cruzaron durante unos interminables segundos, primero con sorpresa, luego con respeto y cautela. Hacía varias lunas que no se encontraban. Denís, el líder del clan del sur, elevó la mirada y emitió un leve y grave gruñido a modo de saludo y consideración hacia el viejo Hadar. Ambos se conocían y respetaban desde hacía muchos años. En ocasiones incluso, habían colaborado transmitiéndose información para huir de los cazadores humanos. Últimamente, el gran lobo gris y su familia habían estado muy ocupados con la llegada de la nueva camada. Sus 4 cachorros, lo más preciado del Clan familiar, estaban a buen recaudo cuidados y mimados en el fondo de su cubil y protegidos por toda la manada. Se dirigieron una última mirada de respeto y reconocimiento mutuos y el viejo bisonte dando la vuelta se alejó con toda la dignidad que solo la edad y el imponente tamaño de su especie pueden otorgar, hacia la oscura profundidad del bosque.

A pocos metros de la orilla del arroyo sin nombre el gigantesco roble, Riguel, lo vio alejarse y movió levemente sus ramas en señal de despedida. Tras esto, generó una señal de calma a través de las raíces de kilómetros de longitud a sus compañeros, para que estos supieran que el temblor que provocaba la tonelada en movimiento del bisonte, no representaba ningún peligro para ellos. La señal enviada se trasmitió en forma de onda electromagnética, partió de sus gigantescas raíces, y casi instantáneamente, había recorrido prácticamente la totalidad del bosque. Nada se opuso a la trasmisión practicamente instantánea. Como una onda de radio, el mensaje llegó a todos sus congéneres. Sus vecinos la captaron y replicaron, sus amigos la replicaron, sus familiares la replicaron…en pocos segundos el bosque invisible que se extendía a cientos de metros de profundidad bajo la tierra se llenó con una cacofonía de impulsos y señales que todos entendían, pero no tenían traducción alguna a otro lenguaje. Aprovecharon los sinuosos caminos entre las miles de líneas de comunicación abiertas para saludarse, para preguntar como estaban, y para lanzarse sentimientos de ánimo si era necesario. Tan rápidamente como habían comenzado, todas las llamadas y conversaciones cesaron y el bosque sumergido entre las hifas de hongos y los millones de raíces quedaron en silencio, hasta que hubiera algo más que decir. De pronto, muy allá, desde el lejano norte les llegó un nuevo mensaje: un joven abedul, que contaba poco más de 50 años de vida se quejó mientras reia…”Estas ardillas me hacen cosquillas, muchas cosquillas”. Su madre que se encontraba a escasos metros de distancia le contestó, “Ya te acostumbrarás”. Riguel captó los mensajes y se sonrió pensando que las madres siempre decían lo mismo, pero que, con sus más de 700 inviernos de vida, las ardillas seguían haciéndole muchas cosquillas, y seguramente, lo mismo pasaría durante 1000 años más. Este pensamiento le generó alegría y a la vez le hizo tanta gracia, que lanzó una profunda carcajada como solo un poderoso roble puede hacerlo, que resonó a través de las profundidades. La poderosa risotada se transmitió cual contagiosa ola a través de la tierra sobre la que se asentaba todo el bosque, y, pronto , millones de almas encarnadas en árboles y plantas rieron a carcajadas por el efecto contagio.

Miles de kilómetros más allá, del otro lado del océano, un gigantesco abeto que vivía en un claro de un parque, en cierta ciudad cuyo nombre desconocía rompió asimismo a reír cuando le llegó el murmullo de sus congéneres de allende los mares a través de sus raíces. Una familia humana estaba sentada bajo sus sombra. Este no había sido un buen día y la tristeza y angustia asolaba sus corazones, pero por alguna razón que desconocían, en ese momento se sintieron mucho mejor. Era como si el estar cerca de aquel abeto les hubiese traído felicidad. La energía de la alegría y el buen humor de Riguel les había alcanzado. Decidieron que esta visita al parque era algo que debían hacer muchas más veces, lo cual les trajo un sinfín de buenas nuevas a sus vidas, pero esta, es otra historia.

Autor. S. WÔLF.

Extracto del libro «RELATOS DE ALMAS». Próxima publicación.

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WÔLF Y AVATÂRA